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Por: Ramón Elejalde Arbeláez

El fenómeno de la drogadicción entre los jóvenes es una enfermedad más extendida y más dramática cada día que pasa. Hoy casi todos los hogares sufren la terrible presencia de este mal que acaba a las personas, deteriora las relaciones familiares y destruye la sociedad. Para combatirla, casi todas las prácticas tradicionales han fracasado. Afortunadamente, la sociedad asume que la drogadicción es un mal que requiere de un manejo sicológico, educativo y de readaptación al medio social y no de la actividad represiva del Estado, en el entendido de que quien merece todo el peso de la ley y la aplicación de medidas punitivas es el productor del estupefaciente y el distribuidor del mismo: el consumidor es víctima de ellos, y del libérrimo desarrollo de su personalidad cuando decidió cultivar el vicio.

La labor educativa que debe comenzar en los hogares y continuar en escuelas y colegios, revela muchas falencias que permiten al mal expandirse peligrosamente sin una respuesta oportuna y sabia para cortarlo de raíz.

Hace más de veinte años, la televisión colombiana pasaba una  cuña publicitaria que exhibía el vertiginoso deterioro de un joven apuesto en un anciano decrépito gracias a la droga. Impactaba, conmovía e invitaba a los jóvenes a la reflexión. Después de tantos años muchos cuarentones de hoy, incluyendo a mis hijos, me expresan que ese comercial los impactó tanto en su juventud que unido a la labor de sus padres y maestros, fue fundamental en el rechazo al consumo de alucinógenos.  Reconocen que esa publicidad fue definitiva en su formación y en su temor a las drogas.

Hoy vemos una publicidad anodina, sin contundencia y sin fuerza, como las cuñas grabadas con la voz del futbolista Falcao García invitando a no consumir drogas. El mensaje tiene que ser más fuerte, más contundente, debe conmover a los jóvenes, como el que ya no vemos en la televisión.

Esta semana escuchaba en el programa nocturno “Sanamente” de la Cadena Radial Caracol que dirige el médico Santiago Rojas, cómo el citado profesional alababa y reconocía las bondades de la cuña televisiva a la cual me refiero y entendí en sus palabras un clamor por rescatarla en beneficio de nuestros jóvenes. Ese hecho y lo mucho que he escuchado de mis hijos y de mis alumnos, me lleva a pensar que las cadenas de televisión le harían un inmenso favor a nuestra juventud si desempolvan esa dramática e impactante publicidad.

Es evidente que la juventud tiene muchas representaciones reales de lo que muestra la tantas veces citada cuña. Tiene vecinos, familiares, amigos, compañeros de aula o trabajo, que todos los días se van deteriorando por la acción agresiva de los alucinógenos. Personas decentes que la droga va malogrando hasta convertirlos en verdaderas piltrafas humanas.

¿Será posible que nuestra televisión rescate esa publicidad?

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