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Por: Ramón Elejalde Arbeláez

Las tensiones fronterizas con Venezuela exigen del Presidente Juan Manuel Santos mucha diplomacia, pero a la vez mucha firmeza en la defensa de los derechos fundamentales de los colombianos expulsados del vecino país.

Del lado colombiano se exige la unidad de todos los nacionales y rodear al gobierno, cualquiera sea la opinión que tengamos sobre el mismo. No es la hora del cálculo político, ni de obtener votos levantando sentimientos nacionalistas y patrioteros. Esas manifestaciones oportunistas nos pueden conducir a situaciones impredecibles y de gran dolor para dos pueblos hermanos. Una confrontación armada con Venezuela puede que le otorgue réditos políticos a Nicolás Maduro, pero a ambos pueblos solo les traerá más pobreza y más sangre.

Causa escozor y desazón escuchar y observar a muchos directores de medios de comunicación radial y televisiva jugando a la incitación a la guerra, indisponiendo a los pueblos y levantando pasiones regionalistas. A cada información la acompañan de un editorial provocador e insultante. Muchos parecen empeñados en una carrera de insultos, igualándose de esa manera con Maduro.  Hay que informar veraz y oportunamente, pero hay que evitar enardecer los ánimos. Agregar combustible a una indisposición generalizada, es preocupante por sus impredecibles consecuencias.

Pero hay más razones para ser prudentemente enérgico: En Venezuela viven, según datos oficiales, un poco más de cuatro millones de colombianos. A esos compatriotas también los tenemos que proteger y un escalamiento de las ofensas y una confrontación armada, repercutiría gravemente sobre ellos y su estabilidad en la hermana República. ¿Estamos preparados para recibir a cuatro millones de compatriotas de regreso a Colombia? Creo que no. Esa sí sería una tragedia humanitaria de grandes proporciones sociales y económicas.

No podemos tampoco dejar de lado las motivaciones de Maduro para proceder como lo está haciendo. Sus problemas políticos internos, su gran debilidad electoral de cara a las elecciones parlamentarias de los próximos meses en Venezuela, lo han llevado a crear ficticiamente una confrontación con Colombia para apuntalarse entre sus paisanos, levantando odios que normalmente no deberían existir. Aupar desde este lado de la frontera las pretensiones de Nicolás Maduro, es satisfacer gratuitamente sus intereses y necesidades. Es llevarlo a recuperar el respaldo popular que hoy tiene perdido o a romper la institucionalidad so pretexto de defender a su patria y fortalecer la defensa de la nación venezolana.

Obvio que el presidente Santos también tiene que actuar con energía, sin caer en provocaciones o inútiles agresiones al pueblo venezolano. El problema es con la camarilla gobernante que se siente acorralada y aplastada por los problemas económicos, por la gran escasez de alimentos y por la pérdida del respaldo popular. Hasta ahora el manejo de la situación ha sido impecable, a pesar de la injusta crítica que a veces se escucha. Ha llamado a consultas, con sobrada razón, a su embajador en Caracas. Este es un paso que en asuntos diplomáticos indica que las relaciones entre dos naciones se están deteriorando. Es demostrarle a Maduro que no puede violentar los derechos fundamentales de los colombianos, así estén viviendo irregularmente en el vecino país.

 

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