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Por: Ramón Elejalde Arbeláez

Los resultados electorales de la vecina república de Venezuela que eligió su congreso o Asamblea Nacional el pasado seis de los corrientes, nos deja a los demócratas de América Latina varias enseñanzas que es preciso analizar y asimilar.

En más de una ocasión he reiterado en esta columna que posee Venezuela un sistema electoral confiable. Muchos lectores siempre criticaron mi afirmación y en más de una ocasión mis alumnos han recibido el dicho con desconfianza e incredulidad. El certamen electoral del pasado domingo así lo confirma. Allá se utiliza un sistema mixto, de un lado la persona primero vota electrónicamente. El equipo le imprime el voto al elector y este es el primer control, pues el ciudadano comprueba que el equipo le leyó bien su intención. Ese voto impreso es depositado por el votante en una urna física. En cada recinto electoral se contabiliza el 54 % de los votos físicos y si no existe total conformidad entre el voto físico y el electrónico, es indispensable recontar todas las papeletas del puesto de votación. Si hay conformidad no es necesaria esta operación. Ya el mismo Enrique Capriles, cuando lo derrotó la última vez Hugo Chávez, dijo que en Venezuela el sistema electoral era confiable y serio.

Claro está que esa perfección puede ser violada por corruptos, pero no es fácil.

Hace años vengo insistiendo que Colombia debe mirar ese sistema y ponerlo en práctica. Es costoso, pero en aras de la transparencia electoral es necesario.

«El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente»,  afirmó desde 1887 el historiador inglés Lord Acton. Eso ha sucedido en Venezuela y el pueblo, que a veces es demasiado tolerante y resistente, se hartó y decidió romper con un poder que tiene a esta hermana nación en muchísimas dificultades sociales, económicas y políticas. Por eso las constituciones deben permitir, especialmente en estas repúblicas tercermundistas, que la alternación en el poder se pueda dar con facilidad. Insistir y persistir en reelecciones presidenciales permanentes es un atentado a este precepto de toda democracia. Ecuador, Bolivia, Nicaragua, van recorriendo idénticos caminos, luego de experiencias exitosas.

El populismo es otra experiencia nefasta que nos deja nuestra vecina república. Entregar toda la riqueza, feriarla y no construir empresas e infraestructura que enriquezcan el aparato productivo, tarde que temprano recibe la sanción popular. Venezuela ha dilapidado su riqueza petrolera. Los partidos tradicionales, fracasados, la ripiaron en corrupción y en buena vida en Miami; la Revolución Bolivariana la utilizó, fuera de corrupción, en programas populistas que nunca sacaron de la miseria a los venezolanos.

Deberíamos abrevar de las experiencias venezolanas. Nos son útiles.

 

 

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