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Por: Ramón Elejalde Arbeláez

Entender la posición de algunos candidatos y precandidatos a la alcaldía de la ciudad capital, referente al tema de los Parques del Río Medellín, resulta harto compleja. Medellín necesita vías, Medellín requiere de aire puro, en Medellín urgen los espacios de convivencia, esparcimiento y recreación. Medellín es, cada día más, una ciudad hostil a sus habitantes.

Según algunos aspirantes, en aras de defender la precaria movilidad existente no se pueden emprender grandes obras de infraestructura, pues el transporte colapsa. Eso significa que ninguno de esos candidatos emprenderá una obra física porque es imposible en Medellín hacer algo sin que esto impacte la Ciudad, como lo hemos visto con la repavimentación de algunas calles y carreras.

La miopía, muy conveniente a sus intereses políticos, es infinita. El gobierno del presidente Juan Manuel Santos acaba de concesionar la construcción de las llamadas autopistas de la prosperidad, antes autopistas de la montaña. Eso quiere decir que hacia el sur, el norte y el occidente del Valle de Aburrá van a construir unas autopistas que nos vuelvan competitivos en épocas de apertura económica. Las comunicaciones con el puerto de Buenaventura, con el Ecuador y Perú por el sur, se harán por vías más amplias. Igual sucederá con Turbo y todo el Urabá antioqueño, pero también con la costa Atlántica y los puertos del norte de Colombia. Tengo una pregunta para esos candidatos y/o precandidatos: ¿Una vez construidas esas autopistas, que será en pocos años, por cuáles vías haremos la conexión sur, norte, occidente? ¿Serán las mal llamadas avenida regional y autopistas sur y/o norte las que puedan facilitar esa comunicación que obviamente va a crecer en forma descomunal?

Lo que inicia la actual administración municipal de Medellín con los Parques del Río, es un acto de enorme responsabilidad con el futuro de la ciudad. Busca no solamente que mejore su actual movilidad; prevé que en pocos años Medellín enfrente con éxito las nuevas autopistas de la prosperidad. Y apenas estoy valorando las proyecciones de movilidad que enfrenta Medellín. No estoy analizando en este escrito los beneficios medioambientales, de integración y de esparcimiento que la obra traerá aparejados.

Vamos a tener dificultades. Obvio. En una ciudad tan encerrada y con vías tan pequeñas, los cambios para mejorar no serán fáciles.

Me vienen a la memoria experiencias ya vividas en Medellín, como cuando el doctor Bernardo Guerra Serna, entonces alcalde de Medellín, emprendió la construcción de la avenida Jorge Eliécer Gaitán (avenida Oriental) y se le vino media ciudad a criticarlo por lo que consideraron los opositores era una obra faraónica. Hoy, los aprovechados críticos de entonces se tragaron y se indigestaron con sus insensatas palabras, gracias al sentido común y a la visión de ese gran alcalde. La avenida Oriental es ya una vía pequeña, para esta Medellín tan grande. Lo mismo sucedió cuando Juan Gómez Martínez quiso emprender unas obras necesarias para desembotellar el barrio El Poblado, y Álvaro Villegas Moreno con otros personajes se opusieron a su realización. Hoy Medellín las ha tenido que emprender a unos costos enormes y con incomodidades mayores, porque años atrás no quiso entender que las ciudades requieren de obras acordes con su crecimiento.

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