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Por: Ramón  Elejalde Arbeláez

Complejo camino vienen recorriendo las instituciones democráticas en la vecina república de Venezuela. Todos los días la situación económica e institucional parece agravarse y llegar a un callejón sin salida. La suerte de Venezuela nos compete a todos los colombianos, somos sus vecinos y compartimos muchísimos quilómetros de frontera.

Cuando el llamado socialismo del Siglo XXI irrumpió con Chávez en los primeros años de su gobierno y este dedicó sus esfuerzos a construir vivienda y universidades para los más pobres, a inundar los barrios populares de las grandes ciudades con médicos, farmacias y comedores comunitarios, a entregar tractores a los campesinos, muchos creímos que el petróleo venezolano por fin había dejado de ser la fuente de riqueza de los poderosos y se había convertido en un motor para impulsar la economía de nuestros vecinos y un mecanismo para redistribuir riqueza. ¡Cuán equivocados estábamos!

El Chavismo se apoderó del poder y lo ha sostenido a como dé lugar. La democracia también se debilita cuando no existe alternación en el poder o no se permite que otras opciones fluyan. La democracia se desdibuja cuando la rama judicial pierde su independencia y depende de un ejecutivo poderosísimo. Todas estas cosas se hicieron más notorias cuando Hugo Chávez en un recorrido por las calles de Caracas iba preguntando por los dueños de las propiedades y cual neoemperador señalaba cuáles de esas propiedades se expropiaban y cuáles no se expropiaban. ¡Meros comportamientos dictatoriales!

Muerto el caudillo, lo ha sucedido Nicolás Maduro quien ha continuado, con más torpeza que aciertos, la demolición de la democracia venezolana. Si la prensa es amordazada, si la libertad de expresión es limitada por las armas o por las amenazas de cárcel, tampoco existe democracia. Maduro ha sido un campeón en perseguir a los medios de comunicación que le son desafectos y en arrinconar a la oposición, que debería tener total libertad para actuar y proponer.

Maduro ha dado también muestras de carecer de tacto, buenos modales y formación académica. Cada una de sus salidas en falso, de sus torpes expresiones, son una demostración de que Chávez se equivocó inclusive al señalar a su sucesor.

La riqueza petrolera de Venezuela ha sido dilapidada en armamentismo, populismo interno y externo. Interno cuando no generan empresa ni protegen la poca que aún queda, y prefieren el reparto presupuestal en regalos para su caudal electoral; y externo cuando subsidian a varios Estados parásitos para cautivarlos ideológicamente y utilizarlos en su posicionamiento internacional.

Desilusión debe sentir la izquierda democrática en América Latina con el rumbo equivocado que va tomando la democracia venezolana. Para los demócratas no será un buen ejemplo a imitar.

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