Familia, la novela amoral de Antioquia (EL MUNDO)

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Ramón Elejalde Arbeláez

El pasado lunes 10 de agosto comenzó a circular en librerías del país la novela Familia, de Jairo Osorio Gómez. De él sabíamos que era un cronista de viaje de pluma sensible y minuciosa, y editor insuperable. De sus libros anteriores sabemos que sembraron en sus lectores la esperanza  de que apareciera con una narración como la que acaba de entregar.

El subtítulo con el que Ediciones B promueve el libro: La novela amoral de Antioquia, es una provocación que invita a comprar y leer:. ¿Qué significa esto? ¿Familia es historia, memoria, relato, crónica? ¿O qué nuevo género es éste?

Es puro verismo, realidad desgarradora y cruda llevada a la categoría de arte. No son loas a lo bueno ni abominación de lo tenido por malo en las medidas de nuestra mojigata tradición. En Familia parece que no hay nada inventado ni agrandado. Hasta las fechas, en las que insiste tanto el escritor, son ciertas, según lo dice. “Ocurrieron las cosas tal como se cuentan, los personajes estuvieron allí. Nadie podrá desmentir nada, aunque los sucesos son como la memoria los recuerda”, afirma. Y esta que leemos en doscientas cuarenta páginas es la suya, fiel, muy fresca todavía, si nos atenemos a tantos datos domésticos y sorprendentes que va dejando en sus páginas.

Quiero creer en la primera declaración del autor: Familia es una novela sobre la muerte, sobre los recuerdos del narrador y sobre la vida de los miembros de una saga venida del suroeste antioqueño y afincada, después de La Violencia de los años cincuenta, en la Medellín que se afanaba en cambiar el campestre título de Villa o “pueblo grande” por el más moderno de Ciudad, en ese Guayaquil tan bien contado por el hijo. Está escrita con la urgencia de convocar a los suyos como alivio de su soledad de hoy. Tal parece ser la pretensión de Osorio, a pesar de los guiños que hace con cada uno de los personajes que la pueblan: el padre, los abuelos paternos y maternos, el tío, el hijo, el hermano, la madre, la amante, las tías, los parientes que se construyen un mundo sin reglas ni códigos, acogiéndose a las enseñanzas de sus antecesores, hombres rudos que sólo acataban a las premuras de satisfacer sus necesidades y de ir resolviendo los problemas del diario vivir.

Una virtud de Familia es que está construida a la manera de la novelística norteamericana: directa en el lenguaje, sin afectaciones ni artificios que la hagan difícil para el lector; y otra es que evita los oscurantismos de la narrativa europea. La interpretación de su lectura es la de cada lector, autónomo en sus inferencias.

Los elementos expresivos, teatrales que configuran la historia –su condición de retratista transluce en cada línea del libro–, mitigan en el lector la desazón de encontrar en Familia las contradicciones de una sociedad que se ha construido con la intención de ser modélica. Pero, como Osorio mismo escribe, un espejo no sabe ser embustero. Este libro refleja a Antioquia desde el otro lado: el de la autenticidad insufrible del narrador. Mejor, el del coraje de una delación que no hubiéramos querido oír. Desde este presupuesto, quienes la lean tendrán entonces que hurgar en sus propias vidas para entender el ser pleno de contradicciones que somos los antioqueños.

Los orígenes de la mafia en Colombia, la inclinación secular al contrabando de los colombianos, la colonización y el despojo, los amores furtivos, el folclorismo de los paisas , son los aspectos que interesan en el libro para quienes quieran dar una mirada distinta, fresca y auténtica a la historia oscura de Antioquia, contada desde sus entrañas por quien ha vivido de cerca cada una de aquellas facetas.

Lectura imperdible la de esta novela de Jairo Osorio.

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