Sacerdotes que iluminaron

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La violencia política que asoló a Colombia durante diez años, desde 1946, produjo más de trescientas mil muertes por razones, exclusivamente, de la militancia política. Quiero hoy reconocer a algunos, de infinidad de sacerdotes que heroicamente se distanciaron de muchos jerarcas que azuzaron la violencia o asumieron desde los púlpitos un discurso de odio.

Fidel Blandón Berrío fue un sacerdote oriundo de Yolombó, que llegó en el año de 1950 a servir a las parroquias de Uramita y Juntas de Uramita. Blandón Berrío, que había sido secretario del obispo Miguel Ángel Builes, tan sectario él, emprende campañas tratando de disminuir las consecuencias del enfrentamiento político entre liberales y conservadores. Protegió a los liberales, los refugiaba en la Casa Cural, los visitaba en sus escondites en la selva llevándoles alimentos, vestuario y medicamentos que recogía entre personas caritativas del pueblo y los rescataba de una policía politizada y violenta, por lo menos en esa región. Fue un testigo activo de tanta crueldad. Sus experiencias las plasmó en una obra que tituló Lo que el cielo no perdona que ya lleva varias ediciones y que cuando fue publicada en 1954 mereció la atención de todo el país. Texto con un contenido dramático, cruel, reflejo cierto de una violencia partidista terrible. Cuando publicó su novela histórica, ya el autor llevaba dos años retirado de sus actividades como religioso. Lo hizo sin causar ruido y para escribir su obra, la que publicó en Bogotá con el seudónimo de Ernesto León Herrera. Lo hizo así para evitar que continuaran las persecuciones de la misma iglesia y de las huestes conservadoras. Blandón Berrío erró por muchos lugares de Colombia dedicado a múltiples labores para obtener su manutención. Finalmente terminó en Facatativá dedicado a la educación, donde encontró la muerte el 3 de diciembre de 1981. En este municipio de Cundinamarca el ex sacerdote encontró paz y tranquilidad, previamente debió cambiarse de nombre y ya se le conocía como Antonio Gutiérrez Berrío. Había casado con doña Ana Gutiérrez de Gutiérrez, hogar donde nacieron cinco hijos, algunos ya fallecidos. El  padre Blandón fue considerado por los habitantes de esta región como un héroe, como un salvador de vidas, como un apóstol de la paz.

Otro sacerdote de la región del occidente antioqueño que dejó su huella positiva en la protección de muchas vidas, fue el padre Gonzalo Jiménez, cura coadjutor en Dabeiba y Mutatá, que por tal razón le correspondía el corregimiento de San José de Urama y visitante permanente de los campamentos de la guerrilla liberal en Camparrusia. El padre Jiménez ofició en estos lugares a la par que el padre Blandón lo hacía en Uramita y Juntas de Uramita.

El padre Misael Gaviria Restrepo, que nació en Envigado el 15 de mayo de 1910, fue párroco de Dabeiba durante cuarenta y dos años. Una vez ordenado sacerdote fue designado Rector de un Seminario en Santafé de Antioquia, pero sin posesionarse es enviado a la población de Dabeiba en 1942, es decir con escasos treinta y dos años de edad. Allí sirvió con devoción, entrega y entusiasmo a una feligresía que lo adoraba por su comportamiento pacífico, humano y caritativo. Durante la época de la violencia partidista fue un sacerdote protector de su grey, en su inmensa mayoría liberal. Monseñor Gaviria no toleró persecuciones o retaliaciones por razones políticas.

Era particularmente llamativa y objeto de comentarios favorables y amistosos, su salida dominical a recoger la limosna entre los pobladores del sector comercial y entre quienes iban al pueblo a hacer mercado. El padre Gaviria era invitado por muchos católicos a degustar un aguardientico en ese recorrido, de tal manera que terminaba su jornada con sus guaros en la cabeza. El sermón, en la misa de seis de la tarde, los domingos, tenía su toque de buen humor. Recuerdo, cuando fui rector del Colegio Juan H. White, de ese querido Municipio, a uno de los famosos sermones de Monseñor Gaviria: Estaba reprendiendo a los habitantes de un sector urbano que se conoce con el nombre de Rincón Santo, por la presencia de algunas casas de lenocinio, que perturbaban la paz de los demás habitantes y con gran desenvoltura el padre soltó la siguiente frase desde el púlpito: “No parece que ese fuera ningún Rincón Santo, ese más bien es rincón puto”.

Estos sacerdotes y algunos otros, tuvieron la mano protectora de su obispo, Monseñor Luis Andrade Valderrama.

NOTICULA. Esta columna reaparece el próximo 17 de enero. A mis lectores y amigos una feliz navidad y un venturoso año de 2021.

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