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Por Ramón Elejalde Arbeláez

Cuando el doctor Álvaro Uribe Vélez pertenecía al Directorio Liberal de Antioquia que presidía el senador Bernardo Guerra Serna, inició una dura campaña en esa agencia política para erradicar del partido liberal lo que consideraba prácticas clientelistas y politiqueras. Básicamente, Uribe Vélez cuestionaba el nombre de “Guerrismo” que tenía el movimiento; la realización de convenciones amañadas que desfiguraban la voluntad popular; el otorgamiento de facultades extraordinarias por esas convenciones al llamado “jefe único”  y el culto a la personalidad de un caudillo.

Los recientes acontecimientos políticos en el movimiento Uribe Centro Democrático, nos regresan, lamentablemente, a las épocas del bolígrafo, del culto a la personalidad, de los caudillismos, de las convenciones amañadas y de los personalismos enseñoreados de la política colombiana. No se entiende que lo calificado antaño como malo en Guerra Serna, hogaño sea bueno en Uribe Vélez. Olvidó muy pronto el expresidente las impetuosas luchas de Bolombolo y Santafé de Antioquia, donde tan acremente cuestionó a Bernardo Guerra la conducción del liberalismo en Antioquia.  Por mi parte, declaro que conocidos ambos comportamientos, me quedo mejor con el Guerra Serna del pasado, nunca con el Uribe Vélez de hoy. Quienes dicen que la historia es cíclica y se repite mejorada, observen que en este caso estamos ante una regresión.

La convención convocada por Álvaro Uribe en Bogotá, en el pasado mes de octubre, no debatió ni conformó las listas de Senado y Cámara, es decir que Uribe ni siquiera requirió de facultades amplias como las otorgadas a Bernardo Guerra: él mismo se las atribuyó con un grupo de amigos que él mismo señaló a dedo. La convención fue un invento de última hora como recurso desesperado para enmendar un supuesto error político: dejarle al militante raso del movimiento la decisión de escoger el candidato a la presidencia de la República en elecciones próximas a las presidenciales, que los dejaba en desventaja con la candidatura de Juan Manuel Santos y ante la posibilidad cierta de que fuera su primo hermano Francisco Santos el candidato del Puro Centro Democrático. La utilización del apellido del jefe del movimiento en el nombre del mismo para ser utilizado en el tarjetón, es el culto a la personalidad que Uribe Vélez tanto atacó y combatió en 1984-85 en la casa liberal de Guerra Serna. Las mañas que otrora cuestionó Uribe en el Directorio Liberal de Antioquia, las utiliza hoy para consolidar su caudillismo que raya en la secta, en el fanatismo preocupante. Está bien y muy bien, defender ideas políticas. Está bien y muy bien, hacer oposición. Lo que preocupa es el sectarismo, la pasión y el odio que destilan los dirigentes y muchos militantes del Centro Democrático. Más que partido o movimiento político, se muestran como una secta de fanáticos, basta leerlos en las redes sociales. ¡Qué miedo!

En la convención en comento el doctor Uribe Vélez fue la voz cantante, ni más faltaba; se encargó de toda la micro organización. Estaba pendiente de la credencial de un anónimo reclamante, del sánduche de cualquier parroquiano, del micrófono, de la silla, de la escarapela, en fin, de toda la minucia propia de esos eventos. Tuvo fieles manejadores de su suprema voluntad: Fabio Valencia Cossio, Fabio Echeverri Correa y María del Rosario Guerra fueron sus aguerridos ventrílocuos. Estos tres avezados mosqueteros manejaron sabiamente la manzanilla política para producir los resultados buscados, y dieron a José Obdulio Gaviria el papel de aprendiz de escudero, discreto D’Artagnan en asuntos de maquinaciones políticas. El triunfo de Oscar Iván Zuluaga sobre Pachito Santos es la prueba contundente de mi afirmación.

Bueno. A pesar de todo, un aire fresco nos alivió a todos los colombianos: No fue Pachito el ungido.

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