DIM: 100 años y sus héroes anónimos (EL MUNDO)

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Por Ramón Elejalde Arbeláez

Está de cumpleaños el Deportivo Independiente Medellín, un equipo emblemático de la Ciudad y de Colombia. Para unirme a la efemérides, del equipo de mis preferencias, no me voy a referir a sus héroes deportivos, que muchos ha tenido y cuyas gestas andan en boca de trovadores con más éxito que estas sencillas líneas. Sabrán disculparme José Manuel Moreno, Omar Orestes Corbata, “Cuca” Aceros, José Péckerman, el Caimán Sánchez, Ponciano Castro, y tantos otros  que han hecho glorioso al popular equipo paisa. Hoy hablo de los muchos y olvidados héroes anónimos rindiéndole un homenaje a un niño que murió celebrando el primer siglo de su amado equipo.

Juan Felipe Vargas Osorio, conocido entre sus amigos como el Mono y el Rojo, lo primero por el color de su piel y lo segundo por la casaca del equipo de fútbol de sus pasiones, al nacer perdió a su madre por una enfermedad cardíaca, que lamentablemente heredó. Los médicos tratantes le auguraron una corta vida, prolongable siempre que no sufriera grandes emociones y alcanzó los 16 años entre diligentes cuidados médicos y afectos personales de su familia. Juan Felipe le entregó al Deportivo Independiente Medellín toda su pasión, todas sus energías: El Rojo sentía y padecía permanentemente el devenir de su equipo mientras familiares y amigos le pedían moderación. El fanatismo del Rojo por el DIM causaba reacciones ambivalentes de su familia: satisfacción de verlo vivir intensamente su afición y el temor de que tan exacerbadas emociones, prohibidas médicamente, le causaran la muerte.

Juan Felipe Vargas, el Rojo, pidió permiso a su familia para venir a Medellín a participar activamente en los cien años del poderoso. “No vaya, usted tiene prohibido emociones fuertes;  recuerde las recomendaciones de sus médicos”, le decían familia y amigos, lo que aumentaba su obstinación. Su abuela, de la estirpe sabia, humana y dulce de las matronas antioqueñas, abogó para que Juan Felipe tuviera la oportunidad de estar con su equipo  y con su hinchada, y la familia aceptó que así fuera.

El Mono desfiló por la calle Colombia al lado de miles de hinchas, rodeado del amor y el cariño por el centenario equipo rojo de Antioquia. Fue una marcha nutrida, en su inmensa mayoría de gente joven, contradiciendo la vieja creencia de que la hinchada del DIM se estaba envejeciendo. En esa manifestación entendí la pasión que el fútbol y los colores de las banderas de los equipos despiertan en sus seguidores.

Ya en el estadio Atanasio Girardot, el joven hincha participó de los cánticos y los vivas a las viejas glorias del Independiente Medellín. Aplaudió con gusto a Juan Carlos Sarnari; gritó y celebró el dominio del balón de la Gambeta Estrada; se paró a celebrar la calidad vigente de Ponciano Castro. Al finalizar el primer tiempo del juego, Juan Felipe se sintió mal: su corazón no resistió tantas dichas juntas y el día que habían previsto sus médicos desde su cuna, había llegado. Murió el Rojo seguramente como lo habría soñado: vivando a su Independiente Medellín, viendo tantos años de gloria reunidos en un estadio, disfrutando la alegría de tantos y tantos anónimos hinchas de su equipo.

En medio de la tristeza por su partida, la familia de Juan Felipe entiende que disfrutó como el que más las últimas horas de vida: cantó, gritó, aplaudió y lloró de alegría; lo demás fue un encuentro con una realidad médica inatajable, que habría podido desencadenarse por otras emociones igualmente fuertes, pero negativas y tristes como la frustración de no haber vivido ese abrazo con la gloria centenaria de su DIM.

Bonito el gesto del capitán del onceno Rojo, Diego Armando Hérner, quien grabó un video para manifestar su acompañamiento a la familia, a los amigos y paisanos del hincha fallecido  y lo publicó en las redes sociales.

Paz en la tumba del Mono, del Rojo, del joven, noble y leal hincha del Deportivo Independiente Medellín.

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