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Por Ramón Elejalde Arbeláez

La historia parece ensañarse sobre algunas naciones y Siria, Líbano, Palestina, Libia, Irak, para no citar sino algunas de las situadas allende los mares, son ejemplo clarísimo de mi afirmación. Los padecimientos de Siria son proverbiales e históricos como que ha sufrido el dominio de muchas culturas y cada invasión, cada cultura nueva, implica un rompimiento con el pasado y una guerra entre quienes están y quienes llegan. No pretendo hacer un recuento histórico del país, pero al contarles a mis lectores que ha sido dominado por egipcios, cananeos, hititas, hebreos, asirios, persas, griegos, romanos, árabes, mongoles, otomanos y franceses, hasta que en 1946 se convierte en un Estado independiente, les significo la tragedia de este pueblo tan apetecido su territorio por algunos de sus vecinos. Su nuevo estatus no lo defendió, ni lo protegió de las guerras y los conflictos. La historia reciente nos dice que entre 1950 y 1960 se dieron innumerables golpes de estado en la lucha por el poder entre su clase dirigente.

En 1970 en Siria se inicia un gobierno estable, pero dictatorial, encabezado por el jefe militar y general Hafez al-Asad, padre del actual mandatario, quien con mano férrea gobernó esa nación hasta el año 2000 cuando falleció. Lo sucede, como lo dije, su hijo Bashar al-Asad.

La población de Siria está calculada entre 20 y 22 millones de personas, con una mayoría árabe, que aceptan como su religión el islamismo. Son en su inmensa mayoría sunnitas.

Con Bashar al-Asad se inicia la última tragedia siria. Los primeros diez años de su mandato fueron de una relativa calma, aunque signados por la represión y la carencia de libertades. Todo cambia cuando se da la llamada Revolución de los Jazmines en Túnez, que a su vez da origen a la Primavera Árabe. Los problemas económicos, sociales y políticos de Siria llevan a su pueblo a levantarse contra Bashar al-Assad hacia mediados del año 2011, pero su gobernante de facto no permanece impasible ante la avalancha popular y decide reprimir a su pueblo apoyado siempre por el Gobierno de Rusia, quien es su mayor aliado. Como resultado obvio de la represión, la oposición interna al Gobierno de turno decide armarse, iniciando así una guerra civil que ha cobrado muchísimas víctimas inocentes en todo el territorio Sirio.

Al-Assad acudió por primera vez a un ataque con productos químicos contra la población civil en el año 2013, donde la mayoría de naciones occidentales intentaron una intervención militar, que resultó fallida, otros dirán que persuadida por las amenazas de China y Rusia de una conflagración de imprevisibles consecuencias.

Siria vuelve a utilizar ahora sus bombas químicas en contra de supuestos bastiones enemigos y durante el ataque perecen niños que causan la indignación mundial.

A toda esta amargura del pueblo sirio hay que agregarle que ahora intervienen los Estados Unidos, lanzando más ataques aéreos contra un pueblo sufrido y victimizado por varios frentes. El terrible mensaje de los gringos debe ser entendido por el mundo: Los EE. UU. vuelven a ser el policía del mundo o como lo dijera la Revista Semana, los sheriff de la tierra. Trump ya ha dicho que quiere una guerra. No faltará otro desquiciado que le atienda sus deseos.

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