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Por Ramón Elejalde Arbeláez

Indudablemente que cuando deja de operar la separación de poderes o separación de funciones, no puede existir democracia en un Estado. El sustento de nuestras democracias occidentales, desde la revolución americana y la expedición de las primeras constituciones escritas del mundo, es la separación de poderes, que por lo demás es garantía para que las personas conserven y se les respeten sus libertades y sus derechos.

En Venezuela la institucionalidad ha venido perdiendo espacio con decisiones absurdas como la censura de prensa contra los medios opositores al Gobierno de Nicolás Maduro, el encarcelamiento de los líderes contrarios al Gobierno, la violencia física y sicológica contra todo el que ose cuestionarlo, el despojo de atribuciones a los gobernantes locales y regionales de la oposición y la suspensión de elecciones previstas que no se han realizado. Todo lo anterior eran, a no dudarlo, pasos preparatorios para el zarpazo final que fue dado en la semana que termina, cuando la Asamblea Nacional, es decir, la rama legislativa del poder público, fue despojada de todas sus atribuciones y estas fueron asumidas por el tribunal constitucional que, a no dudarlo, es celestina y títere del Gobierno de facto.

El Gobierno popular de Hugo Chávez, que inicialmente tomó decisiones efectivas en favor de las clases más pobres de la hermana República, terminó violentando la propiedad privada y arrinconando a la oposición. Su sucesor, Nicolás Maduro, arrasó la institucionalidad y se convirtió en un dictadorzuelo de la peor estofa. En pleno siglo XXI, cuando creíamos que nuestras democracias eran sólidas, un autogolpe viene a dar al traste con la democracia venezolana.

El drama humanitario de nuestros vecinos es de proporciones gigantescas. Es un pueblo sin alimentos y sin medicinas y lo peor, sin esperanzas de hallarle una salida al drama social, económico y político existente. Colombia debe seguir alerta para recibir a muchos de estos vecinos que seguramente continuarán buscando refugio y sustento entre nosotros.

A la oposición se le ve fragmentada, una parte encarcelada y otra atemorizada por las milicias armadas que tiene el Gobierno para amedrantar a la población civil. No se ve un líder que la aglutine y que le encuentre salidas al caos existente. A pesar de contar hoy con unas mayorías reconocidas en las últimas elecciones parlamentarias, han sido impotentes de hacer valer esa representación.

El ejército, llamado a observar imparcialidad y a ser garante del respeto a la Constitución y a las leyes, hace tiempo tomó partido en favor de la dictadura y en contra del pueblo. Las enormes prebendas y el poder que han alcanzado con Chávez y Maduro las han convertido en el principal sustento de la dictadura.

A los demócratas del mundo solo nos queda lamentar que una dictadura se asiente en Venezuela y que sea un Gobierno de corte socialista el que propicie tamaño despropósito. A los países de América solo les queda exigir elecciones libres en Venezuela y respeto por las instituciones democráticas o sino el mal ejemplo cundirá.

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