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Por Ramón Elejalde Arbeláez

Este viernes la Casa Blanca, sede del Gobierno de los Estados Unidos, prohibió la presencia de tres importantes medios de comunicación de ese país: CNN, The New York Times y al portal Política, en una rueda de prensa convocada por Sean Spicer, portavoz presidencial; otros medios, Associated Press y la revista Time, se solidarizaron con los censurados y se retiraron del evento. Horas después, la Asociación de Periodistas de la Casa Blanca, que congrega a todos los profesionales que cubren la información en la casa presidencial, elevaron su protesta por la exclusión de algunos medios no afectos al Gobierno en la potencia del norte.

Horas antes del incidente, el presidente Donald Trump había reiterado sus críticas a los grandes medios de comunicación y los había tratado de mentirosos y enemigos del pueblo. En sus palabras también ha dejado traslucir que su incomodidad proviene de que casi todos ellos apoyaron a la candidata demócrata Hillary Clinton y la dieron, siempre, como ganadora de las pasadas elecciones presidenciales. Trump y su Gobierno han iniciado pues una batalla campal contra los medios de comunicación norteamericanos que no les fueron afectos en época de campaña. Indudablemente que fueron meses donde al candidato republicano y finalmente ganador le sacaron los medios todas sus historias pasadas y seguramente en muchas de ellas pudieron exagerar. Pero ciertamente en una democracia, para eso están los órganos de difusión.

Si las decisiones que con respecto a la prensa está tomando el presidente de los Estados Unidos, las estuviera asumiendo el gobernante de cualquier país subdesarrollado o tercermundista, tengamos la plena seguridad que el resto de la prensa en el mundo y las organizaciones que las acogen estarían protestando y clamando por el respeto a la libertad de prensa. Aquí existe un temeroso silencio.

A Nicolás Maduro, en Venezuela, y a Rafael Correa, en Ecuador, cuando decidieron silenciar a la prensa opositora, el mundo los cuestionó acre y justamente. En el caso de Trump la mayoría parece mirar despectivamente para otro lado. No podemos perder de vista que la censura la hace la que todos reconocemos como la primera democracia del mundo, la cuna respetuosa de las libertades, la primera nación que se dio una constitución escrita en el mundo con el fin de preservar y garantizar las libertades y los derechos de su población. Atentar contra la libertad de prensa es un paso peligroso y grave no solamente en Venezuela y en Ecuador, sino mucho más en esa gran nación.

Lo peligroso del incidente es que el ejemplo cunde y cuando el pecado proviene del “papá de los pollitos” nada difícil que éste se repita peligrosamente por todos los continentes y lo que estemos es frente a un decaimiento de las democracias occidentales para darles paso a dictadorzuelos que de seguro van a conculcar inicialmente los derechos de los medios de comunicación, pero que después van por los de todos los ciudadanos.

Se equivocan quienes miran al presidente Trump como una persona folclórica. Todo lo contrario: ha sido coherente y pertinaz en sostener sus tesis.

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