Idolatramos dioses muy humanos.

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Diego Armando Maradona es considerado por los conocedores del tema como uno de los mejores futbolistas que se han conocido en el mundo a través de los años. Yo diría y en este orden, que Edson Arantes do Nascimento (Pelé), Diego Maradona y Lionel Messi, han sido los señalados como emblemas de este deporte.

Maradona en la cancha fue definitivamente un portento, un jugador exquisito. Su inteligencia y habilidad con el balón lo hicieron insuperable, frente a sus contrarios y compañeros. Maradona era el júbilo en los estadios. Su endiablado regate, su precisión en la entrega del balón, su desmarque imperceptible, su ubicación inmejorable, su cabeceo preciso y su liderazgo en la cancha, fueron virtudes que lo convirtieron en el atractivo de los escenarios donde se presentaba. Ver jugar a Maradona fue un fino espectáculo para quienes tuvieron ese privilegio y su presencia en la cancha le inclinó reverente a casi todos los aficionados que lo admiraban, lo idolatraban y lo aplaudían hasta el delirio. Maradona llenó estadios, atrajo televidentes, congregó multitudes. Maradona fue algo parecido a un dios dentro de una cancha de fútbol.

Lo que no sabía el mundo y conocían pocos, fue que tras el balón, tras el hábil jugador, se escondía un drama que nació seguramente con la gloria, con el reconocimiento y con la pleitesía humana. A medida que el dios de la cancha crecía y convertía al balón en un juguetico en sus pies, el drama del ser humano iba en aumento. La realidad cruel y seguramente injusta la develaba su retiro, por edad, del fútbol. Alejado del balón quedó el ser humano frente a sus miserias y a su triste realidad: una adicción que lo llevó a perder su fortuna, su sindéresis, su hogar, a muchos de sus amigos, su salud y posteriormente su vida. Maradona conjuga el éxtasis de la gloria con el infierno de sus propias desventuras. Maradona es el niño que de joven llegó al podio de los triunfos y ya maduro se le vio desprender por el despeñadero de una vida desgraciada y cruel.

Ese ser humano, endiosado por sus gestas en una cancha de fútbol y aterrizado por la cruda realidad de sus debilidades, encuentra la muerte relativamente joven y el mundo, especialmente su Argentina, lo aclaman como a un dios. Su bailoteo endiablado en el gramado pudo más en la conciencia colectiva, que su adicción. En aras de proteger al exquisito jugador de fútbol, los aficionados le perdonaron los que debieron ser para “Dieguito” años de infierno y sufrimiento. No lo pongamos en duda, Maradona fue un enfermo que la ciencia no pudo recuperar. No fue un malandro.

Argentina, que no mitificó ni endiosó a Julio Cortázar, a Jorge Luis Borges o a Ernesto Sábato, históricas y gloriosas plumas de la literatura universal, viene a poner en el altar de sus ídolos a Diego Maradona, un poco por encima de Juan Domingo y Evita Perón, históricos dioses de la patria de José de San Martín.

En la tumba descanse en paz, un ser que la gloria lo llevó al más terrible de los abismos.

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