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Por Ramón Elejalde Arbeláez

Obviamente que me cuento entre quienes sienten una gran satisfacción con la firma del acuerdo final entre las Farc y el Gobierno colombiano. Siempre defendí el diálogo como mecanismo para solucionar el conflicto interno. Finalmente tuvimos la razón.

También comprendo la posición de algunas personas que se oponen a lo acordado y que lo hacen porque sencillamente padecieron los rigores de la violencia de cerca y la padecieron de forma cruel. Existen otros, tal vez en alto número, que se oponen a los acuerdos, aunque solamente han sabido de la guerra que padecimos por más de cincuenta años por reportes de prensa o información de radio y televisión. Preocupante que le dejemos el final de la guerra a un grupo de citadinos que simplemente o se han beneficiado del conflicto o no lo han padecido.

Indudablemente que la presencia de las Farc ha sido más rural que urbana. Nuestros campesinos sí saben, y de qué manera, de los rigores de la lucha armada.

Comparto la tesis de Humberto de la Calle cuando afirma que todos, amigos y opositores de las conversaciones en La Habana, han contribuido al buen suceso de la paz, pero también ha dicho que los verdaderos enemigos de la reconciliación entre los colombianos son los que han utilizado las redes sociales para tergiversar lo acordado. ¡De qué manera algunos interpretan y acomodan lo pactado! Asombra tanta capacidad de tergiversar y tanta irresponsabilidad al afirmar cosas que ni se acordaron, ni están en los documentos. El debate debe ser construido sobre realidades y no manipulando la información. Asusta que personas que se dicen bien informadas, difundan o acepten semejantes mentiras.

Pero hay algo más trascendental. Nos quedará imposible explicarle al mundo que en Colombia tenemos una discusión que vamos a resolver en un plebiscito a voto limpio entre quienes aceptamos vivir en paz y entre quienes prefieren continuar en la guerra. De ese tamaño es la alternativa a que estamos sometidos. Y es aquí donde recobra una enorme dimensión la frase de Bertol Brecht cuando afirmó “Qué tiempo serán los que vivimos, que hay que defender lo obvio”. Increíble que todavía añoremos las balas, las minas quiebrapatas, los tatucos sobre los pueblos, las tomas guerrilleras, la extorsión y el chantaje y creamos que es mejor dejar un ejército hipotético de quince mil hombres con armas enfrentados al Estado que tenerlos pronunciando discursos y compitiendo dentro de la legalidad.

Llegó también la hora de pensar más en la paz que en Juan Manuel Santos. Ya la paz no es de Santos, la paz es de los colombianos. No me explico qué les podrán decir quienes se oponen a los acuerdos a sus descendencias cuando les reprochen por la decisión tomada. La historia no nos perdonará que le dejemos este violento y largo conflicto a los años venideros, cuando tuvimos la oportunidad y la brillante ocasión de terminar con él.

Notícula. Cómo no reconocerle a Enrique Santos Calderón su inmenso aporte a la paz. Él construyó los encuentros iniciales que dieron feliz término a una guerra añeja y cruel.

 

 

 

 

 

 

 

 

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