

En nombre de la familia Elejalde queremos agradecer al Honorable Concejo de Frontino la decisión de albergar en sus instalaciones un óleo de nuestro antepasado Ramón Antonio Elejalde Escobar, quien —diría yo— ha sido injustamente olvidado por sus paisanos. Si bien nació en Santafé de Antioquia, ello ocurrió por urgencias económicas de sus padres, ambos nacidos en nuestro pueblo.
Estoy seguro, luego de leerlo y estudiarlo —pues no tuve el privilegio de conocerlo—, de que fue el más frontineño de los frontineños. No en vano estudió la historia, la geografía y las condiciones socioeconómicas de Frontino.
Ramón Antonio Elejalde Escobar fue un autodidacta, gran lector y estudioso. Después de leer e ilustrarse en los documentos que Cieza de León dejó para la posteridad, se entusiasmó en escribir la Monografía de Frontino, un documento valioso, redactado en términos comprensibles y con una sintaxis y una redacción impecables. Mi trabajo en las dos ediciones posteriores de ese texto no es más que un reconocimiento a la obra que mi abuelo había creado.
Fue educador en Frontino y Cañasgordas; director de una cárcel nacional; alcalde y notario de Frontino; y durante varios períodos, concejal de su pueblo. Aquí, en este salón —que en aquella época funcionaba exactamente al frente de donde hoy nos encontramos—, el 11 de diciembre de 1943, apenas días después de entregar su Monografía, encontró la muerte al sentir ofendido su honor.
El concejal, también liberal, don Juvenal Vélez, esposo de doña Gabriela White de Vélez, le increpó las razones por las cuales cuidaba con tanto esmero el cementerio laico que el mismo Elejalde Escobar había propuesto crear en Frontino, insinuándole incluso que pretendía apropiarse del lote. Mi abuelo, lleno de indignación, rechazó con vehemencia tales afirmaciones y exigió respeto por una vida pulcra que había cultivado. En medio de su intervención se desvaneció y, moribundo, fue llevado al consultorio del doctor Florencio Álvarez, que funcionaba frente a la casa de doña Gilma Cataño, donde operó un establecimiento comercial atendido por Ramón Niño Martínez. Al consultorio llegó sin vida.
Ramón Antonio Elejalde Escobar protagonizó además un hecho histórico que hoy ya no resulta relevante para muchos antioqueños. Participó en el debate que se dio durante la década de los años treinta del siglo pasado para definir los lugares donde fue fundada la ciudad de Antioquia: primero, cerca de las inmediaciones de Peque, y luego en Manguruma, adonde fue trasladada ante la presión de los indígenas. En este último sitio, la Academia de Historia de Santafé de Antioquia colocó una placa recordatoria que hoy permanece abandonada y cubierta por el pasto.
En este debate histórico participaron don José María Restrepo Sáenz, el presbítero Francisco Luis Toro, el doctor Antonio Gómez Campillo, el obispo Fernández Piedrahita, Juan María Gómez, José María Martínez Pardo, Camilo Botero Guerra, Tomás Cadavid Restrepo, Rufino Gutiérrez y Ramón Antonio Elejalde Escobar. Los periódicos de la época le dieron amplio espacio a nuestro paisano para defender su tesis histórica, que posteriormente fue acogida por la academia y hoy es plenamente aceptada.
Elejalde Escobar fue un rebelde para su tiempo. Proponer y lograr que el Concejo aprobara la creación de un cementerio laico en Frontino no era fácil en una sociedad tan profundamente religiosa como la nuestra. El cementerio fue aprobado y puesto en funcionamiento en el lote que hoy ocupa Empresas Públicas para la descompresión del gas, a la entrada del municipio. Su propósito se desvaneció tras su muerte y por la falta de interesados en ser sepultados allí. Ni siquiera los restos mortales de su autor llegaron a ese lugar.
Es imposible olvidar que, al confirmarse su muerte, su esposa, Mercedes Sánchez Cárdenas —otra educadora ilustre—, encontró sobre su escritorio un poema que él había escrito ese mismo día. Fue una premonición de lo que horas después ocurriría. Tengo el orgullo de conservar el manuscrito original, con los tachones propios de su proceso creativo. Dijo el abuelo:
“Vi las nubes inquietas, refulgentes, amorfas,
colorar el ocaso de sangriento fulgor,
y morir silencioso, cual un rey sin corona,
tras la cresta empinada del espléndido sol”.
Como lo afirmo en mi libro ¡A la sombra del Plateado!, no fue más que la visión inmediata de su muerte y un reproche a quienes desconocían su valor como cultor de diversas disciplinas del intelecto.
Mi abuelo nunca se fue de Frontino.
Vivió en sus montañas, en su historia, en sus calles y entre sus gentes.
Hoy, después de tantos años, regresa simbólicamente a este recinto que fue escenario de su vida… y también de su partida.
Que este óleo no sea solo un retrato colgado en una pared,
sino un recordatorio permanente de que Frontino tiene una historia que merece ser conocida, cuidada y respetada.
Ramón Antonio Elejalde Escobar murió defendiendo su honor,
Hoy, 83 años después, este Concejo le devuelve lo que nunca debió perder: el reconocimiento de su pueblo.
En nombre de mi familia, y con profunda gratitud, les digo:
cuando la memoria vence al olvido, la historia descansa en paz.