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Por Ramón Elejalde Arbeláez

Este martes termina en los Estados Unidos uno de los debates electorales más peculiares que ha vivido esa democracia. Finalmente el mundo conocerá si es Hillary Clinton la ungida por la votación de los norteamericanos o si, por el contrario, el gran beneficiado es Donald Trump. La contienda terminó más reñida de lo que en un principio se creyó, cuando todos los medios y los opinadores, conocidos los nombres de los escogidos por los partidos tradicionales, le apuntaban a un triunfo fácil de la señora Clinton.

Sobre la candidata demócrata, Hillary Clinton, recae un cúmulo de pasivos que no le permiten ser una candidata que levante emociones entre los electores gringos. Su esposo fue ya presidente de esa gran nación y aunque su gobierno fue exitoso, especialmente en el campo económico, sus comportamientos personales fueron objeto de grandes escándalos. Doña Hillary fue funcionaria del actual gobierno de Barack Obama y aunque este termina con buenos niveles de aceptación entre la población, no deja de ser la continuidad de unas políticas que ya llevan ocho años de vigencia. Las acusaciones sobre la candidata de haber manejado desde una cuenta personal de correo electrónico asuntos de Estado y no desde el correo institucional, ha dejado un manto de dudas que la han hecho muy vulnerable, especialmente en los últimos días de campaña, cuando desde el FBI se ha expresado la posibilidad de reabrir las investigaciones respectivas. Es un escándalo que parece ser más de forma que de fondo, pero al fin y al cabo escándalo y en época muy inoportuna, dejando también un manto de duda sobre la imparcialidad de los funcionarios de esa agencia estatal, que parecieran más bien quererle hacer un favor al candidato Republicano. No olvidar que fue Rudy Giuliani, uno de los alfiles más importantes de Trump, quien reavivó el escándalo en los días finales de la campaña, sustentado en anuncios que haría el FBI. Son todos estos los lastres que arrastra la candidata Demócrata, sumado a que la mayoría del pueblo norteamericano la identifica con la vieja clase política tradicional.

Pero para desgracia de los estadounidenses por el lado de los republicanos la situación es igual o peor de calamitosa: Donald Trump es un polémico empresario del sector inmobiliario, dedicado a la construcción y administración de casinos, que desde el año 2005 ha venido cobrando notoriedad por sus excéntricas declaraciones. Dueño de un discurso elemental, sin profundidad alguna, que impacta más por su conocida xenofobia y sus grandes capacidades histriónicas, que por ser el estadista formado y serio que requiere una de las democracias más antiguas del planeta y a no dudarlo el país más poderoso de todos. Trump ha tenido una reconocida fama de mujeriego, pero no aquel de finas maneras para cortejar a las damas. Su preparación en asuntos económicos y de relaciones exteriores es muy precaria y sabido es que quien aspire a regir a esa gran nación tiene que ser un ducho y experimentado conocedor de estos temas.

Difícil la tiene el pueblo norteamericano, al estar abocado a escoger al menos malo de los dos y creo, sinceramente, que es mejor una Hillary experimentada y conocedora, con todos sus defectos, que no un histriónico xenófobo e impreparado como Trump.

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