Fin a los asesinatos

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Los asesinatos persistentes de líderes sociales, de defensores de derechos humanos, de excombatientes de las Farc, de indígenas y de otras minorías, debe ser motivo de preocupación no solamente de las autoridades, sino de todo el  país. El baño de sangre incrementado en los últimos meses, debe aterrar a una sociedad que se dice civilizada y profundamente religiosa. Aún dentro de la terrible violencia que hemos padecido en los últimos años, no es normal lo que está sucediendo. Pareciera que hay organizaciones criminales dispuestas a no permitir que Colombia viva en paz. La comunidad internacional, supuestamente tan sensible a estas historias, debe ser más exigente con el Gobierno y llevarlo a mostrar resultados positivos, no solamente en las investigaciones sobre los crímenes ya sucedidos, sino en la prevención de otros.

Semanalmente Colombia tiene que llorar a varios de esos líderes que luchan del lado de su pueblo por alguna reivindicación. Lo terrible es que para el resto de la sociedad este desangre se convirtió en un paisaje, en algo cotidiano y sin importancia. No pueden decirnos, sin violentar la inteligencia de los colombianos, que se tratan de hechos aislados y que no son acontecimientos sistemáticos y cruelmente planificados. Algo pasa y alguna motivación tienen los asesinos.

Mucho se especula sobre este tema. ¿Qué se trata de exterminar a los reclamantes de tierra?, gran aceptación entre los bien informados tiene este argumento. ¿Qué la producción de coca y el manejo de las rutas del narcotráfico es el origen de tanta muerte?, algo debe existir en torno al tema. ¿Qué se trata de eliminar a los ambientalistas para que no se opongan a la terrible depredación existente de los recursos naturales?, seguramente es otro argumento para la discusión. ¿Qué todo se origina en la riqueza que produce la minería ilegal? Probablemente también existe algo al respecto.

A todo ese panorama es necesario agregarle el sistemático asesinato de excombatientes de la Farc que creyeron en el Estado, entregaron sus armas y ahora están viendo inermes como los asesinan sin que nadie haga algo por ellos. Horror que algunos enemigos de la paz quieran cobrar venganza por su propia mano y no permitir que la justicia transicional haga su labor. Deben estar los trece mil excombatientes mirándose entre ellos y preguntándose extrañados por la razón que tuvo el Estado para invitarlos a dialogar y a firmar un acuerdo de paz y luego incumplirles y dejarlos asesinar. Este panorama se agrava con la actitud del Gobierno de tratar, por todos los medios, de acabar la paz, hacerla trizas y de paso terminar con experiencias alabadas internacionalmente como la Justicia Especial para la Paz –JEP- . El Presidente de la República parece no leyera y estudiara las encuestas, de un lado va en picada su imagen ante los colombianos y de otra la paz y la JEP ganan a diario más adeptos.

Al gris panorama es necesario agregarle un fenómeno surgido recientemente y que debe prender también alarmas, el asesinato de líderes de Colombia Humana, partido político de Gustavo Petro. Preocupante que con ellos llegue a suceder lo que le pasó a la Unión Patriótica hace algunos años.

El Gobierno, la Fiscalía y la sociedad toda, debemos pellizcarnos, no puede ser que el asesinato de los líderes locales se convierta en algo normal y que los responsables no sean sancionados ejemplarmente.

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