El HORACIO SERPA que conocí

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Fue Horacio Serpa Uribe, indudablemente, un hombre superior, un líder, un caudillo popular, alguien a quien distintas circunstancias le negaron injustamente la posibilidad de ser presidente de Colombia, como le sucedió a Rafael Uribe Uribe, a Jorge Eliécer Gaitán, a Luís Carlos Galán. Quiero recordar a Serpa a través de una anécdota, que lo retrata tal cual era.

El 29 de septiembre de 2001, el entonces candidato presidencial Horacio Serpa programó una marcha nacional hacia San Vicente del Caguán, a la sazón epicentro de las Farc y lugar de los diálogos de paz entre estos y el gobierno Pastrana Arango. De muchos lugares de Colombia viajamos cientos de personas para acompañar al candidato en su desafío a la subversión, que había hecho saber con antelación que no respondían por la vida de Serpa, si acometía la marcha. El día antes de la fecha convenida nos reunimos en Neiva, donde la inmensa mayoría de los marchantes tuvieron que dormir en las graderías del estadio Guillermo Plazas Alcid de esa Ciudad y muy al amanecer del 29 de septiembre emprendimos el viaje, que no era del agrado ni del gobierno de Andrés Pastrana ni de los alzados en armas, obvio, por distintas razones. Después de unas tres horas de camino por una estrecha carretera veredal, fuimos retenidos en un grupo de subversivos, quienes después de un diálogo con Horacio Serpa nos notificaron que no podíamos continuar, so pena de poner en peligro la vida de los marchantes. Serpa los increpó sereno y enérgico y se regresó caminando a lo largo de toda la marcha, notificándole a los asistentes que deberíamos regresarnos para impedir una masacre. En el recorrido lo acompañaban Rosita, su dignísima esposa y sus hijos. De regreso a Neiva el candidato fue recibido como un héroe, la ciudad se salió a la calle para aclamarlo y lo hacían ondeando la bandera nacional. Fue realmente emocionante ese evento. Llegamos hasta una especie de coliseo al aire libre, con graderías y cancha de basquetbol. Allí se recogieron miles de personas entre marchantes y ciudadanos de la capital del Huila. Antes del espontáneo acto político, la mayoría de los dirigentes liberales allí presentes le sugerimos al candidato que endureciera su discurso contra las Farc, que era la ocasión propicia para cambiar de un discurso benévolo por uno más fuerte. Serpa se limitó a respondernos: “Nada ni nadie me hará cambiar mis principios. Yo creo en el diálogo como mecanismo para alcanzar la paz y por eso insistiré en el diálogo y en la paz”. En ese momento Serpa tenía el 45 % en las encuestas y Uribe Vélez el 21 %, cuando ya comenzaba a levantar vuelo. Esa misma amable presión la ejercimos a la semana siguiente en Bogotá los cercanos de la campaña, incluso el asesor de imagen del candidato. Serpa nunca atendió los ruegos.

Esa noche, después del multitudinario acto en Neiva, emprendimos el regreso a nuestras respectivas ciudades. Veníamos por Cisneros cuando los noticieros completaban el panorama de violencia que vivía Colombia: Acababan de asesinar a la señora Consuelo Araújo Noguera, secuestrada cinco días antes por el Frente 59 de las Farc. Cinco meses después es secuestrada la candidata presidencial Ingrid Betancur. Así se desvaneció el discurso pacifista de Serpa y tomó fuerza el de la mano dura de Uribe. Por respeto a sus principios, Horacio Serpa resignó la presidencia de Colombia y el país perdió la posibilidad de ser gobernado por uno de sus mejores hombres.

Ese era Serpa, una persona de convicciones, profundamente liberal, humano y comprometido con su pueblo, leal y honesto. El estiércol que algunos sectarios trataron de arrojarle al final de sus días, no menguará su sitial en la historia de Colombia.

Paz en su tumba.

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