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Por Ramón Elejalde Arbeláez

Hay situaciones en la vida que se vuelven tan inevitables que llegan a lo que se denomina, punto de no retorno. Las circunstancias que rodean un hecho, los pasos dados en su consolidación, la seriedad con la cual se ha asumido una decisión, son indiscutiblemente aspectos que pueden llegar a convertir determinadas circunstancias de la vida, en definitivas.

Estoy absolutamente convencido de que las anteriores premisas, son perfectamente aplicables al proceso de paz suscrito entre el Gobierno y las Farc. Nada ni nadie podrá detener la decisión de alcanzar la paz, en los términos ya pactados. La antigua guerrilla de las Farc ha venido cumpliendo lo establecido en los acuerdos: concentración en algunos sectores determinados para iniciar la reinserción a la vida civil, dejación de las armas y entrega de ellas a las Naciones Unidas, vigilancia internacional en el cumplimiento de lo establecido, decisión de hacer política no armados y propiciar diálogos para transformar los cultivos ilícitos en cultivos lícitos. De otro lado el Gobierno ha venido impulsando las reformas pactadas en el acuerdo, que seguramente transformarán instituciones y costumbres, ojalá para bien de nuestra nación y de la política.

Era previsible y obvio que en un proceso tan complejo se presentaren dificultades. Las zonas de concentración de la guerrilla no tenían y de seguro aún carecen, de elementales condiciones para una vida digna; algunas unidades, más reducidas de lo que se pensó, no acogieron la orden de iniciar el cumplimiento de los acuerdos; otras, seguramente como lo vimos esta semana, encaletaron parte de sus armas; los deseos de irrumpir en la política ha llevado a algunos frentes a actuar con ímpetu, pero los cronogramas establecidos se han venido cumpliendo y si tanto exguerrilleros como Gobierno continúen honrando su palabra es lo mejor que le puede suceder a la paz.

Los resultados conocidos: cero muertes por esa guerra que nos desangró por más de cincuenta años, hospital militar sin heridos o mutilados, tranquilidad y vida normal en vastas zonas del territorio nacional que antes sólo conocían la muerte y la desolación, son pruebas palmarias de que algo grande y positivo pasó en nuestra república. ¡A consolidar la paz, llaman!

La oposición a los acuerdos, que ha sido tan virulenta y apasionada, no nos debe asustar. La oposición es necesaria a la democracia y ayuda a enmendar posiciones y a tener alternativas de poder perfectamente válidas. Esperamos que todos, amigos y contradictores de los acuerdos, entendamos que llegamos a puntos de no retorno y que es necesario apostarle a la consolidación del proceso.

No creo posible que un cambio abrupto en la cabeza del ejecutivo, es decir un triunfo de la oposición, pueda ya dar al traste con lo logrado. No veo a ningún jefe de Estado obligando a más de siete mil hombres a que regresen a las armas. Tampoco es realista que las dificultades políticas y sociales que padezcan gobiernos que pudieron ayudar en la consolidación de proceso, puedan ahora causarle daño. Tampoco creo que poderosos gobiernos tengan interés en interferir en unos desarrollos que le van a traer a Colombia bienestar, por más que acudamos a ellos a ponerles quejas. Definitiva y afortunadamente la paz con las Farc es irreversible.

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