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Por Ramón Elejalde Arbeláez

En las postrimerías de su segundo mandato el presidente Juan Manuel Santos propone una nueva reforma constitucional con temas de trascendencia nacional, la que estoy seguro no le será posible liderar en el Congreso de la República, ni ante la opinión pública en el tiempo que le resta de gobierno. Los bajos índices de popularidad del presidente, el poco tiempo de mandato que le resta, el desgaste de siete largos años de gobierno y la crispación social que existe en Colombia por el sinnúmero de escándalos de corrupción conocidos antaño y hogaño, le hace prácticamente imposible que una reforma de envergadura la pueda liderar el doctor Juan Manuel Santos.

Es posible y de seguro no tendrán mayor resistencia en el Congreso, que las reformas para dar cumplimiento a los pactos suscritos con la Farc, sean evacuados en el legislativo,  pero de allí a que pueda abarcar temas trascendentales y distintos a los acordados, me parece un despropósito que el Gobierno crea que los puede impulsar con éxito hasta convertirlos en norma jurídica. Ese desgaste inútil le puede salir caro al Ejecutivo pues puede poner en riesgo la aprobación de los contenidos del acuerdo para la paz.

No me cansaré de repetir, desde cualquier escenario que pueda utilizar, que en Colombia tenemos la Constitución convertida en norma fácilmente reformable, lo que lleva a una inestabilidad jurídica y demuestra que para nosotros las constituciones no son normas jurídicas llamadas a perdurar. En 25 años de vigencia que tiene nuestra actual Carta Magna, lleva ya 41 reformas, casi dos enmiendas por año. Todo un record mundial y una vergüenza jurídica, de enormes proporciones ante todas las naciones. No olvide amable lector que la constitución escrita y codificada más antigua del mundo, es la de los Estados Unidos, que es la misma desde su fundación como Estado y que fue expedida en 1787, es decir que tiene ya 230 años de vigencia y sus enmiendas no llegan a una treintena. ¡Con razón!

Algunos han llegado a insinuar que la reforma propuesta a última hora no pasa de ser una cortina de humo o un elemento disuasor. Quienes así piensan saben que a todos los presidentes colombianos, sin excepción alguna, les encanta proponer reformas a la Carta, para distraer al pueblo de los verdaderos problemas que aquejan al país, a fin de evitar enfrentarlos y buscarles solución.

Ese manoseo a la Constitución, esa reformitis aguda que tenemos, ese distractor permanente para alejarnos de las discusiones que realmente tienen importancia para el pueblo, debe ponérsele fin, de lo contrario estamos demostrando ante la faz del mundo, que somos una banana república, con un precario futuro.

Llegó la hora de tomar en serio las normas jurídicas superiores, no puede ser que sigamos corroborando una vieja afirmación que ya en artículos anteriores había planteado: “En Colombia son tres los deportes nacionales: el fútbol, el ciclismo y reformar la Constitución”. Qué alguien se apiade de Colombia.

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