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Por Ramón Elejalde Arbeláez

No son buenas las predicciones políticas futuras, especialmente alimentadas por los recientes acontecimientos de corrupción denunciados en el país. Reficar, Odebrecht, la salud, las muertes de niños por física hambre, los carteles de Córdoba, La Guajira y las denuncias de maniobras non sanctas de algunos empresarios antioqueños con la salud, son algunas perlas que tienen indignada a la opinión pública y enrarecido el ambiente político. Hoy la ciudadanía cree que el problema de Colombia ya no es la violencia guerrillera, sino la corrupción.

El panorama de los partidos tradicionales, incluyendo al Centro Democrático, no es bueno. El liberalismo, si mostrara vocación de poder, si a jóvenes promesas que tiene las presenta dentro de un amplio abanico de presidenciables, podría comenzar su recuperación, tan maltrecha desde el famoso proceso ocho mil. Lamentablemente uno observa el partido de Uribe Uribe y Gaitán buscando cómo acomodarse de segundón del candidato de otro partido, renunciando de esta manera a ser opción de poder.

Las democracias fuertes y estables reclaman partidos dispuestos a exponer tesis para alcanzar con ellas la dirección del Estado. No es bueno para estas democracias que sus principales partidos terminen convertidos en lo que se denomina modernamente “partidos escaleras”, es decir, colectividades políticas que solamente sirven para que otros alcancen el poder. No pretendo mortificar a los directivos y militantes del partido Conservador, pero lamentablemente hace muchos años que esa, otrora poderosa fuerza política, se ha convertido en un partido que solo busca subsistir, tener presencia en los cuerpos colegiados y en algunos gobiernos regionales y locales, pero que su vocación presidencial la declinó en aras de los dividendos politiqueros. Tristemente ese camino ha comenzado ya a recorrer el partido Liberal.

Sin entrar a dirimir quien dice la verdad en la supuesta negociación de una candidatura a la vicepresidencia en fórmula con el doctor Germán Vargas Lleras, el incidente deja muy mal parado a los actores del mal suceso o de un rumor divulgado a destiempo. Pero además deja al liberalismo perplejo y muy confundido dirimiendo el conflicto de si esa colectividad dejó definitivamente de ser la otrora primera fuerza política de Colombia y renunció a la posibilidad de recuperar esas mayorías a través de candidatos serios y creíbles y defendiendo sus ideas y propuestas de verdadera transformación social para convertirse en el partido segundón de otras opciones, por respetables que ellas sean.

Llegó la hora de que las directivas de los partidos políticos ideen la necesidad de realizar una reingeniería dentro de sus organizaciones. “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”, decía Einstein y se lo escuchamos muchas veces a Guillermo Gaviria Correa. Los partidos se tienen que reinventar y a través de esa autotransformación tienen que propiciar un gran cambio del sistema político en el Estado, de lo contrario ya estamos en el precipicio y nada ni nadie nos atajará

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