La mala hora

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Las dificultades que enfrenta el presidente Iván Duque Márquez no son pocas y la polarización de la opinión pública nacional es evidente y radical. Esperaría uno que tanto seguidores como opositores al Gobierno, se situaran en la posición del gobernante y que éste concentrara todos sus esfuerzos en la problemática nacional, que no es nueva.

Iniciemos el análisis por el hecho más reciente: el coloquial tirón de orejas del presidente norteamericano Donald Trump por el incremento de la droga que está recibiendo hoy ese país. Indudable que así debe ser. Pero tiene que entender el Gobierno gringo que a mayor consumo, mayor producción. Ellos también tienen que hacer algo para impedir que este veneno se distribuya entre ellos con relativa facilidad en las calles de las grandes ciudades. Digámoslo también con absoluta sinceridad: el mundo, incluyendo a los Estados Unidos, está perdiendo la guerra contra el narcotráfico y se hace imperativo que los Estados se pongan de acuerdo en diseñar otros mecanismos, incluyendo la posibilidad de ser más pragmáticos frente a tamaño problema. Pero regresando a nosotros, también es cierto que hace siete meses la información conocida sobre cultivos ilícitos, sirvió simplemente de caballito de batalla para mostrar al Gobierno anterior como único responsable de tener a Colombia inundada de cocaína. Pocas políticas públicas se han conocido para mejorar la eficiencia del Estado en el tema. Limitar el combate contra estos cultivos a la posibilidad o no de utilizar el glifosato, es una manera de entretener a la galería mientras transcurre el tiempo. Equivocadamente dedicamos muchos esfuerzos a fungir de libertadores de Venezuela.

La minga indígena y su parálisis a gran parte del País, es otro gran problema que enfrenta el Gobierno. Para comenzar dejo constancia de que las vías de hecho y perturbar los derechos de terceros no involucrados en las reclamaciones, es un camino equivocado y también acepto que las reivindicaciones de los pueblos indígenas vienen desde gobiernos anteriores y que ancestralmente los hemos venido despojando de sus tierras y arrinconando cada día más. Es un problema que nuestra sociedad ha dejado incubar por años y que nunca se ha tomado en serio su solución. Es necesario dialogar y escuchar y buscar soluciones. Ambas partes deben flexibilizar sus posiciones. La minga debe racionalizar sus exigencias y el Gobierno cumplir frente a lo que se comprometa. Una intensificación de la protesta social daría al traste con el crecimiento económico del País y perturbaría  todos los indicadores económicos, incluyendo el empleo que vuelve a mostrar signos preocupantes.

Las objeciones por inconveniencia al proyecto de Ley Estatutaria de la Justicia Especial para la Paz, fue otro innecesario pulso que el Gobierno y los partidos políticos les plantearon a los colombianos. Lo repito, una paz ya firmada, aceptada por la comunidad internacional, con una inmensa cantidad de guerrilleros y jefes acogidos religiosamente a cumplirla, resultaba inútil revivir una discusión bizantina que ya el Congreso y nuestra Corte Constitucional habían dirimido. Estoy seguro de que terminaremos en el mismo llanito y que torpemente hemos dilapidado tiempo y crispación entre colombianos.

Es necesario superar la mala hora y concentrarnos en atender nuestras propias dificultades y no las del vecino, que son ciertamente graves.

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