Un Niño sicario

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Finalizaba el mes de marzo cuando las autoridades judiciales de nuestro país daban a conocer la triste noticia de haber capturado a un menor de catorce años como responsable del asesinato de dos personas en el barrio Santa Lucía de la ciudad de Medellín. Corroboraban esas mismas autoridades la sindicación con videos como prueba de la afirmación y aseguraban igualmente que existen fuertes indicios de que el menor retenido ha participado en por lo menos otros diez asesinatos. ¡Toda una tragedia!

Ese episodio ha servido para que algunos ciudadanos pidan desde las redes sociales un fuerte castigo para el menor infractor y han descargado sobre el niño una inusitada sed de venganza. Sinceramente creo que la preocupación ciudadana debe ir más allá de esa muy primaria reacción. Debemos cuestionarnos, ¿en qué estamos fallando como sociedad? En la respuesta a este interrogante tenemos un reto grande y aleccionador.

¿Contó el niño de la historia con un hogar bien constituido? ¿Recibió el afecto y el cariño de sus padres en sus primeros añitos de vida? ¿Estaban sus padres preparados para conformar un hogar y recibir el don de los hijos? ¿Esos padres le dieron o tenían los suficientes elementos para brindarle una temprana educación en el hogar? Creo que conocer a fondo el entorno familiar es vital para poder iniciar un diagnóstico de lo que está sucediendo con algunos de nuestros niños. Seguramente hogares desavenidos, padres maltratadores, irresponsables, violadores, propician hijos desadaptados y que terminan siendo instrumentalizados por avezados delincuentes. En muchos casos esos niños son más víctimas que victimarios.

¿Estuvo ese menor en la escuela? ¿Recibió formación de calidad? ¿Era escuela con maestros formados? ¿Con sicólogos? Lamentablemente en nuestras escuelas oficiales, de barrios periféricos, los maestros trabajan en precarias situaciones, sin herramientas suficientes para poder atender a tanto niño que en sus hogares no recibieron una formación básica y que le han dejado a la escuela una misión que se debió cumplir en la familia. Aquí el maestro como el alumno son víctimas de un sistema injusto y excluyente que otorga educación de calidad para quienes poseen riqueza y educación pauperizada para los estratos sociales bajos. Como sociedad tenemos falencias que es preciso que valoremos.

¿Contó ese niño con un entorno en paz y tranquilidad? ¿Sus vecinos y cercanos eran jóvenes con sueños y esperanzas de alcanzar metas y ser útiles a una sociedad? En muchas ocasiones estos niños crecen en medio de las armas, la bala, el atraco, la guerra entre bandas y sus referentes sociales son el jefe de la banda, el sicario más osado o el familiar matón, quienes consiguen poder local, amantes, dinero y fama fácilmente. Son niños a los que la sociedad les trastocó sus ideales y sueños de futuro. Son niños forzados por las circunstancias a crearse prototipos de vida equivocada.

¿No les parece, amables lectores, que como organización humana nos debemos hacer una profunda reflexión sobre lo que está sucediendo a nuestros alrededores para recomponer muchas cosas? ¿No creen que aquí el Estado, la familia, la sociedad, la misma Iglesia, también fallamos?

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