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Por: Ramón Elejalde Arbeláez

Conocí a Evelio Ramírez Martínez al finalizar la década de los ochenta en la plaza de Ebéjico. Hacíamos proselitismo político y aunque desde trincheras distintas, defendíamos las tesis del partido Liberal. Desde ese momento nos unió el culto a una noble amistad, que como los buenos vinos iba mejorando con los años y al final de su existencia era perfecta: compartíamos tertulias, lecturas, documentos y la pasión por las ideas socialdemócratas. A finales de diciembre coincidimos en el Comité Político de la candidatura al Senado de la República de la doctora Sofía Gaviria Correa, a la que se había vinculado con la ardentía y entusiasmo de su juventud. Fue, lamentablemente, la última vez que lo vi.

Lector empedernido, estudioso con criterio, navegaba con propiedad en esas lecturas reputadas de ladrillos y desechadas por el común de los mortales. Escudriñaba los planes de desarrollo de todo orden, los presupuestos, los informes de altos funcionarios; subrayaba sus análisis rigurosos y escribía precisas y sustanciosas conclusiones de tan áridos documentos. Fue hombre creyente y piadoso. Logró compaginar sus convicciones religiosas con las posiciones más audaces de la social democracia y del liberalismo. Fue hombre respetuoso del pensamiento ajeno y defendía con argumentos, dignidad y buenos modales sus convicciones políticas. Por eso era bienvenido en tertulias izquierdosas o en las de conservadores recalcitrantes. Hoy tertuliaba con Pedro Juan Moreno y al día siguiente con Bernardo Trujillo y en ambas oportunidades defendía sin concesiones, pero con delicadeza y elegancia, su misma línea de pensamiento. Sin renunciar a ella jamás, se convirtió en punto de encuentro de defensores de las más diversas ideologías; por eso no era extraño que lograra congregar posiciones tan disímiles como las de José Obdulio Gaviria, Bernardo Trujillo Calle, Guillermo Gaviria Echeverri, Jesús Vallejo Mejía, Ramón Elejalde, Marta Lía Giraldo, José Alvear Sanín o Sergio de la Torre, entre otros.

Amó a su natal La Ceja. Sus hijas, su esposa y sus nietos fueron siempre su felicidad y la razón de su lucha. Había disminuido su vida social y política por razones de su avanzada edad y sus achaques, pero muy especialmente por la enfermedad de su querida esposa, a quien acompañaba y le entregaba el amor y el cariño que la  terrible enfermedad que padece, le reclamaba. Su hogar fue la querencia, el reposo para su alma y otero para señalar el camino de los suyos: jamás permitió que fuera violado por su actividad pública o por el morbo publicitario. Su vida de hogar fue solo de él y de los suyos.

Como funcionario público ocupó las más altas dignidades que la sociedad reserva a personas de su talla y en el desempeño impuso siempre su sello de honestidad, transparencia, eficiencia y austeridad. Fue académico riguroso, preparado y culto; amigo respetuoso, sincero y leal; político vertical, serio y diligente.

Evelio Ramírez Martínez estudió hasta cuando la vida se lo permitió. Hizo liberalismo y compartió con sus amigos, sonrió a la vida y amó con devoción su hogar hasta cuando los colombianos perdimos a este señor de la política y de la vida. En su sepelio, y cómo no decirlo, me conmovieron las palabras sencillas, pero brillantes, dolorosas y humanas que pronunció su hija Lucrecia.

Su recuerdo acude fácil con la musa de León de Greiff: “Señora muerte que se va llevando, todo lo bueno que en nosotros topa!…”

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