El virus nos desnudó.

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He leído a más de un comentarista de la vida nacional conceptuar que el coronavirus que azota al mundo nos ha dejado a todos en pie de igualdad y que saliendo del problema los cambios serán totales y el mundo será distinto. Mucho me temo que no es así y que no será así.
Afirmar que la pandemia nos ha dejado a todos los seres humanos en igualdad y que ella no distingue entre ricos y pobres, es verdad a medias. Es verdad que ella no selecciona, pero también es verdad que esta circunstancia desnudó, ¡y de qué manera!, las grandes diferencias entre los que todo lo tienen y los que carecen de todo. Mientras unos se podían resguardar en sus mansiones, disfrutar de sus comodidades y dinero, otros dependían para su subsistencia de que la autoridad se percatara de un trapo rojo que habían fijado en su humilde morada. Mientras unos podían mudarse de sus opulentas viviendas a sus fincas de recreo con toda facilidad, otros tenían que supervivir hacinados entre cuatro paredes implorando la caridad humana para subsistir. Algunos gozaban de conexión a internet y de sofisticados equipos para recibir sus clases virtuales, mientras otros tenían que hacer grandes recorridos para buscar quien les prestara un computador por algunos minutos o definitivamente tuvieron que renunciar a la posibilidad de continuar con sus estudios. Unos tenían espacios generosos para pasar su confinamiento, mientras otros tenían que compartir en pocos metros cuadrados con los suyos, generando tensiones y exasperaciones.
No puede un padre o una madre de familia quedarse resguardado con su familia entre cuatro paredes cuando tiene hambre, cuando sus hijos le reclaman alimentos, cuando la enfermedad agobia, cuando el sufrimiento y la exclusión atropellan. Por eso un virus que llegó a los barrios de estratos altos, traído de otros países, hoy azota y diezma a los más pobres. Ellos han tenido que salir a buscar de lo que carecen. Es grave que ya ni escenario tienen para realizar esa humana y dolorosa gestión.
Lo que sigue es peor. El desempleo y la carencia de oportunidades siquiera para supervivir, serán azote de los desposeídos y vergüenza, si la tienen, para los que todo lo poseen.
No creo que el mundo cambie. Los que todo lo tienen no van a renunciar a sus privilegios y el que nada tiene seguirá reclamando y satisfecho con su migaja de pan y con el circo que le brindan los del gajo de arriba. Me desilusiono, no veo un mundo mejor y ejemplo fue el triste espectáculo de hace diez días, durante el día sin Iva: Un pueblo irracional, en manada, a continuar con el consumismo que nos imponen, a adquirir lo que seguramente no nos hace falta, a endeudarnos en más dinero que el hipotético descuento que nos ofrecían. Preferimos consumir a vivir. El virus no nos está transformando ni cambiando. El virus nos está desnudando como sociedad. Triste realidad.

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