Bulling electoral

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Las redes sociales se han convertido en un mecanismo para presionar o para descalificar opciones electorales. Basta que un ciudadano anuncie su voto por algún candidato para tener al instante un grupo de personas cuestionando, criticando y lo que es peor, ofendiendo por la decisión tomada. Se ha vuelto costumbre que en estas redes las personas anuncien su voto y seguramente lo hacen para obtener apoyos y buscar adeptos a su causa, caso en el cual es entendible la discrepancia, pero jamás la ofensa y el maltrato.

La presencia de candidatos que encarnen posiciones ideológicas diametralmente opuestas, como hoy sucede entre nosotros, no debe ser motivo de alarma, por el contrario esa confrontación de tesis es saludable para la democracia. El debate de las ideas es el sustento de una actividad política sana. Lo terrible en esa polarización de propuestas es llegar al insulto o a la descalificación. Hoy es fácil escuchar ofensas descalificadoras como “guerrillero” o “paraco” para hacer referencia al candidato contrario. Está tan rica en propuestas la campaña que daría para debates ideológicos de profundidad y no para ofensas inútiles.

Cada ciudadano es libre de escoger la opción que desee, de identificarse con las propuestas de alguno de los candidatos, de creer que lo mejor para Colombia está en un determinado personaje. Esa decisión debe ser respetada por los demás ciudadanos.

Debo decirlo con toda sinceridad y cariño que entre nosotros, en Antioquia, se ha vuelto un crimen de lesa antioqueñidad, por inventar algún nombre, insinuar el apoyo a Gustavo Petro. Quienes han intentado poner en sus vehículos avisos que apoyan a Petro, se han encontrado con el insulto y el trato soez desde otros automotores. No debería ser así. Mi pasión y apoyo por un candidato, y es entendible, no me puede llevar a convertir a quien piense distinto en un enemigo.

El colmo de la intolerancia lo vivimos esta semana en la ciudad de Medellín, cuando un reconocido club social, epicentro de la oligarquía antioqueña, hizo todo lo posible por impedir que un socio invitara a un almuerzo a Gustavo Petro, con un grupo de amigos que querían escuchar al candidato. Entre los invitados figuraban un exministro, varios empresarios y algunos dirigentes políticos. No es cierto, como lo afirma un reconocido columnista y escritor, que Gustavo Petro conociera el lugar del evento y que fuera su deseo ingresar al club de la historia.  No lo sabía. Este episodio es excluyente, demuestra que algunos sectores quieren plantear una lucha de clases innecesaria en el actual debate electoral. Un triste episodio, propio del siglo XVII y no de tiempos modernos.

La fragmentación social es tal, que conozco familias enfrentadas al extremo por la definición electoral del próximo domingo. El debate se puede dar, y es sano hacerlo, desde los programas disímiles que tienen los candidatos. Existen muchas propuestas para enriquecer conversaciones productivas y edificantes, porque sano es reconocerlo, la contienda electoral colombiana contó y cuenta con excepcionales presidenciables.

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