EPM ya no es tío rico

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La crisis en la construcción de Hidroituango, que tiene al proyecto fuera de control, ha dejado las arcas de Empresas Públicas en serios aprietos y proyectando escenarios futuros para poder sortear las eventualidades que se le presenten y salir lo mejor librada del trance. Esas dificultades de la hidroeléctrica también han desnudado dos hechos preocupantes y notorios: el sobreendeudamiento y la macrocefalia burocrática que tiene EPM. Así pues, son realmente tres los megaproblemas de la que ha sido nuestra empresa emblemática y no uno como creemos los colombianos.

La responsabilidad que tiene el H. Concejo de la ciudad no es pequeña y estoy seguro, sin ser ingeniero, pero aplicando sentido común, de que mientras no se conozca la realidad de lo que sucedió en casa de máquinas de la hidroeléctrica no se deben tomar decisiones de vender activos de la Empresa. Mi argumento es muy sencillo: Si al abrir el túnel de la casa de máquinas y volver a tener bajo control la obra, la ingeniería conceptúa que la obra es inviable por cualquier circunstancia, no creo que sea necesaria la venta de los activos o al menos todos los propuestos. Por el contrario, si hay viabilidad de continuar la construcción, el dinero para recaudar se debe proyectar conforme a las necesidades descubiertas y realmente valoradas. Me atrevo a realizar esta propuesta por la improvisación con la cual se ha manejado la crisis y la entiendo, estamos frente a un hecho incontrolado y de futuro incierto. Para muestra un botón: se dijo que en octubre de este año se podría ingresar a la casa de máquinas, luego que en febrero del año entrante y estoy seguro de que en esta segunda fecha tampoco se podrá hacer. Innegable que podamos correr el riesgo de vender activos y quedarnos sin estos y sin hidroeléctrica y volver lo recibido “plata de bolsillo”, como decían los abuelos.

Las deudas de EPM son altas, aunque la credibilidad en las entidades financieras sigue siendo respetable, sólo ahora venimos a saber que tenemos una deuda cercana a los dieciocho billones de pesos, que es realmente elevada. En épocas normales sería una deuda llevadera, pero en esta coyuntura el tema es complejo y agrava los escenarios. A esto es necesario agregarle los siete billones que reclama la Empresa para la contingencia de Hidroituango.

El tercer cáncer de EPM es la numerosa burocracia de la cúpula que inexplicablemente se ha incrementado de algunos años para acá. Los altos directivos, los que hicieron eficiente la Empresa, eran hace algunos pocos años algo así como ciento veinte personas, en la matriz del conglomerado. Hoy son cercanas a doscientos cincuenta altos ejecutivos, que le cuestan a la entidad algo así como cien mil millones de pesos anualmente. La macrocefalia es impresionante y los sueldos bien jugosos. Las vicepresidencias o similares pasan de quince y en algunas de ellas existen favorecimientos con amigos o allegados a quienes han encargado para devengar bien y conservar las prerrogativas de ser trabajadores oficiales. Se vaticina que para disminuir costos se pretende despedir funcionarios, ingenieros o empleados rasos, cuando el mal está en la cúpula.  

En esta crisis hay que actuar como en el juego de todos ponen, el señor alcalde de la Ciudad debe renunciar a parte importante de las transferencias que EPM le hace a Medellín. No puede ser que, frente a semejante encrucijada, la Ciudad pretenda recibir como si Empresas Públicas fuera aún el tío rico de la familia.

¿En qué momento llegó Empresas Públicas a estos tres infiernos, si al frente de ella, en su junta directiva, tiene la representación más selecta del empresariado antioqueño?

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